Él llegó a mi vida, así, como llega todo lo bueno, sin esperarse. Y era de esas personas que están ahí pero las ves y no las miras, no les prestas atención porque quizá no es el momento de que lo hagas. Llegué a toparmelo frente a frente y lo sé aunque no logre recordarlo, sé que él estaba en la puerta de mi vida esperando entrar, o quizá yo estaba fuera de su puerta sin saber que era suya.
Y un afortunado día toqué a su puerta por error, y, también por error, abrió, y pasé y platicamos sin conocernos, y nos caímos bien sin mirarnos, y nos gustamos sin otra referencia más que nuestras palabras y nuestra música.
Cuando por fin me permitió verlo muchas respuestas entraron a mi cabeza resolviendo las preguntas que tenía desde que me echaron a patadas cerrándome una de las muchas puertas, llegué a la conclusión de que era él, no era un, era ÉL, el que buscaba, el que soñaba, el que por tanto tiempo me gustó sin saberlo, del que estuve enamorada desde que nací, o quizá desde antes.
Sin pensarlo decidí aprovechar la oportunidad que se me presentó a medias, que me condicionó a hacer algo malo para tener algo bueno. Algo valioso. Algo que, si funcionaba, sería eterno. Y no lo hice por capricho, lo hice por destino.
Y era él a quien estaba esperando para completarme, no para hacerme, sólo para complementarme, era él la respuesta a mi "quién me va a salvar", era él mi respuesta a "con quien quiero estar". Era es y será. Él. Yo. Nosotros.
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