Enfrente de aquel clóset estaba su cama, grande a diferencia de ella, tranquila y fija, como ella nunca había sido. Sonaba la música de fondo, una música distinta, una que cambiaba y gritaba a su ritmo, que reía o lloraba según la estación del año que reinara dentro de su cuerpo.
Ahora era invierno, un invierno extrañamente cálido, un invierno que recorría su cuerpo llenándola de escalofríos pero la hacía sentirse bien, no era un triste invierno, era un invierno confuso.
Confuso porque desde unas semanas atrás su corazón había cambiado de dirección, porque todo lo que creía su única realidad se había caído a pedazos, porque mientras juntaba esas partes separadas por el destino alguien había llegado a esparcirlas en diferentes partes de su mente, partes que no quería visitar.
Pensaba y meditaba sobre lo que la vida le deparaba, acostada en un pequeño espacio de su cama, abrazando su peluche favorito, viendo como las hélices del ventilador poco a poco se convertían en un gran círculo blanco, uno que la hipnotizaba a su gusto y conveniencia, que la hacía imaginar, soñar con muchas cosas pero sobre todo con ese algo, con ese futuro. Con ese alguien.
Había tenido miedo, miedo de hablar, de opinar, incluso de amar. La única realidad que ahora estaba destrozada había sido también su única necesidad; una necesidad obligada que la mantenía atada a una verdad en la que no creía. Una necesidad que tenía nombre y apellido, una necesidad que quería ser necesitada pero se negaba a necesitar de algo o alguien más, haciéndolo -sin darse cuenta- por buscar atención.
Por fortuna esa necesidad (que parecía más un capricho) desapareció de su vida y quedó enterrada en lo más profundo de su mente gracias a ese "alguien" que la había hecho soltar las memorias y lo que la hacía aferrarse a un pasado que no iba a volver jamás.
Toda la oscuridad se había ido y por fin se acababa la primavera tormentosa en que vivía y la tristeza disfrazada de felicidad que más trabajo le había costado personificar, por fin se veía una luz al final del camino, pero esta vez no era la luz que había deseado ver por tanto tiempo (la de la muerte), era una luz de esperanza y de sueños reconstruidos, totalmente renovados.
Esa luz reemplazaba cualquier necesidad, con esa luz brillando todo el tiempo a su alrededor sentía que ya no le faltaba nada.
Y después de tanto pensar se dio cuenta que no servía de nada estar recordando el pasado e imaginando el futuro, cuando podía salir del cuarto lila.
Mariana Valtierra Vargas (Nanuz)
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