Tú y yo teníamos un ritual después de amarnos, al despertar. Mientras me peinaba frente al espejo me abrazabas y en él veía tu reflejo, veía tu cara, veía tus hombros; en fin veía tu cuerpo pero además de eso podía ver tus ojos negros, esos ojos que se reflejaban en el cristal y sólo daban prueba de tu amor y sinceridad. Ese extraño proceso, que nos hacía parar en el tiempo, provocaba en mis manos el descenso para amar cada parte de tu cuerpo.
No habría nadie en éste mundo que no creyera en nuestro amor profundo pero más allá de ésta tierra Hades prefería tenerte cerca. Aquel Sábado sentí en mi corazón la tempestad y de mis ojos las lágrimas comenzaron a rodar cuando pude verte en ese acantilado con tu cuerpo de sangre mojado
Ahora me gusta estar frente al espejo, aunque ya no puedo ver tu reflejo, sé que ahí no ha cambiado nada porque sin duda sigo viendo tu mirada.
Sigo viendo tus ojos negros.
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